Hay momentos en los que leer deja de sentirse como refugio y empieza a sentirse como presión. Y creo que una de las cosas más difíciles de aceptar dentro de una vida lectora es que incluso aquello que amas puede cambiar contigo.
Durante abril no terminé ni un solo libro. Empecé varios. Pensé constantemente en leer. Compré libros. Grabé contenido. Hablé de lectura. Pero terminar una historia parecía imposible.
Y lo curioso es que desde fuera probablemente seguía pareciendo una persona muy lectora.
Creo que muchas veces romantizamos demasiado la vida lectora. La imaginamos constante, productiva, inspiradora. Pero la realidad es que leer también depende de cómo estás mentalmente, de tu energía, de cuánto ruido tienes dentro.
Esta semana me propuse algo muy pequeño: terminar un libro.
No diez.
No volver a ser “la de antes”.
No recuperar una versión idealizada de mí.
Solo terminar uno.
Y quizás por eso funcionó.
También me hizo pensar mucho escuchar a una autora hablar sobre promoción editorial y todo el trabajo invisible que existe detrás de un libro. A veces vemos el resultado final y olvidamos todo el proceso, todos los errores, toda la prueba y error.
Supongo que con las personas pasa parecido.

